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Inicio BROKEN SWORD II - PC Análisis de non_servium

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Aventura
REVOLUTION
VIRGIN
REVOLUTION
01/09/1997
7,86
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Creación:
01/09/1997
non_servium
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non_servium
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Guía Broken Sword II para vagos

 

La casa de Oubier

Y, de nuevo otra vez en la dichosa París, volví a tener graves problemas. Había acompañado a Nico a la casa de un tal Dr. Oubier, quien le daría información. Yo, intentando no perder la calma por la manera de tratarme Nico en aquel momento, decidí acompañarla a ver si tenía más suerte después. Pero cuando llegamos, su mayordomo nos condujo a una sala donde él, y otra persona irreconocible, nos dejaron inconscientes. A mí me dejaron atado y con la casa ardiendo, sin contar con una dichosa tarántula a la que no le caía demasiado bien; a Nico se la llevaron.

Mi ingenio se agudizaba en los momentos de crisis, y éste no iba a ser una excepción. Me aproximé y fijé en que la estantería estaba apoyada sobre una cuña de madera, así que lo quité de una patada aplastando a la dichosa tarántula cuando cayó la estantería. Y pude, además, vislumbrar un soporte de metal con el que me liberé de mis cuerdas, algo apretadas.

Mi segundo problema era que la casa estaba ardiendo; vamos, casi nada para mí. Abrí rápidamente un cajón que contenía una vasija, la cual contenía a su vez una llave escondida. Después, abrí el escritorio encontrándome con una botella de tequila, de la cual bebí (estaba sediento con el calor que hacía dentro) hasta encontrarme un gusano. De paso, ya que me estaba quemando por ahí, me fijé en el retrato de Oubier y su esposa; ya sabía quien era ese canalla. El dardo del suelo debía ser recogido, así que lo hice; y por ese camino también registré el bolso de Nico, cogiendo un pintalabios, unas medias (realmente bonitos, más si las hubiera llevado puestas en ese momento) y una nota que leí inmediatamente. Bueno, como ya olía mucho a chamuscado por ahí, me hice con el sifón. Pero quise estamparlo contra la pared cuando me di cuenta de que no tenía gas, aunque no lo hice pues aún me podría servir. La cómoda aún no había sido registrada, y aunque estaba cerrada me ayudé del dardo para abrirla de un modo “explosivo”. Recogí el cartucho que quedaba con ayuda de las medias de Nico (por cierto, ¿son unas medias o... ?) y lo puse en el sifón. Por fin pude apagar el maldito fuego y salir de la sala al estilo policiaco.

Bajé las escaleras con la esperanza de ver allí a Nico forcejeando, pero no vi a nadie y para colmo las puertas estaban cerradas a cal y canto. Sin embargo, había un trozo de un periódico que comunicaba un eclipse solar visible desde Sudamérica. Cuando cogí el chiste que venía en la última página (muy bueno, por cierto), me di cuenta que ese era el lugar donde estaría Oubier, aunque no sabía el porqué. Cerca había un teléfono, con el que llamé al baboso de Lobineau (le había regalado las medias a Nico... oye, ¡esto son unas bragas!), citándonos en el café Mountfauçon. Supuse que él sabría algunos datos más acerca de lo que hacía Nico. Cuando abrí la puerta con la llave que tenía, salí pitando al dichoso café.

Al llegar al café, no había ni el menor rastro de Lobineau por ninguna parte (el mamón llegaba tarde). Así pues, y harto de andar, me senté en una mesa libre; y allí me di cuenta de que estaba el viejo policía de la otra vez que vine a París. Conversé con él hasta acabar cualquier tema de conversación, momento en que decidí pedir un café al camarero. Menudo cretino estaba hecho el camarero, al que tuve que insistirle dos veces para que me trajera mi dichoso café. Me fijé en la petaca y tomé el asqueroso café que el cretino del camarero me trajo. Pero cuando iba a ir a por la petaca, apareció por fin Lobineau. Me mostró una extraña piedra que le dejo Nico, por si había problemas. Tras hablarle de la vasija, me comentó que existía un lugar llamado la Galería Glease, lugar donde podría seguir investigando. Se fue lleno de terror Lobineau, así volví al asunto de la petaca. Tras hablarle sobre Nico y sobre mí, el guardia se puso a llorar dejando su petaca al alcance de mi mano, que nunca yerra el blanco.

Pesquisas en los muelles

Llegué bastante rápido a la galería de arte, donde encontré al crítico de arte. El muy soez y estúpido, destruyó mi vasija y me dio pistas interesantes sobre Oubier. Hablé también con el dueño de la galería, el tal Glease, quien me dio pistas sobre los muelles de Marsella. El cuerpo me pedía venganza sobre el maldito crítico de arte, así que le puse dos generosas raciones de la petaca que tenía (absenta, según creo) en su copa. Cayó al suelo tan fuerte que destrozó algunos objetos de valor de Glease quien, enfadado, se fue hacia el inconsciente crítico; momento que aproveché para recoger una etiqueta de los cajones de embalaje que estaban al fondo de la estancia, para luego fijarme en ella: Condor Transglobal. Volví a mirar el periódico, y todas las piezas comenzaban a encajar.

Tras aparecer en los muelles, conocí, mirando por la ventana de una caseta, al vigilante que echaba basuras por la trampilla. Hablé con él, pero no logré convencerle de que me dejara pasar. Bueno, pensé que habría que hacerlo por las malas. Bajé unos escalones próximos, donde había y un gancho que recogí. con el gancho, me hice con una botella que, supuestamente, el guarro del vigilante había lanzado al agua. Me colé seguidamente por la trampilla para quitar de en medio al vigilante, pero su poder de convicción era demasiado fuerte y poderoso (¡dios, que asco!). Subí arriba donde me fijé en la estufa y mi mente comenzó a funcionar. Como la chimenea estaba ardiendo, eché el agua de la botella para enfriarla; seguidamente, obstruí con la botella la salida de los humos. El vigilante salió echando patas, momento que había que aprovechar. Bajé los escalones de nuevo para meterme por la trampilla finalmente y subir al cuarto del guardia, donde cogí un trozo de carbón y las galletas para perro que estaban por allí. Inmediatamente después, me echaron a patadas cuando entró el guardia algo mosqueado. Salí y me fui de nuevo abajo, donde el perro de las narices seguía ladrándome. Ya era hora de un baño para él, así que le eché las galletas de perro en una trampilla cercana y, cuando estuvo en ella, usé le gancho para quitarla y que se lavará. Subí de nuevo y pasé la valla sin problemas.

Ya pasado todo el meollo del perro, me fijé en los almacenes hasta encontrar el correcto. Subí por unas escaleras cercanas, y me metí por una ventana donde, gracias al gancho atrancado en el ventilador, me puse al día de los acontecimientos. Para poder entrar, el guardia era un problema, un problema gordo; así que decidí afrontarlo con valentía... e ingenio, claro. Bajé a la puerta y la aporreé hasta que se abrió la mirilla y apareció el guardia. Le convencí para que saliera. Rápidamente, antes de que abriera la puerta, subí por las escaleras para usar la inteligencia en vez de la fuerza. Cuando salió a partirme la cara, lancé el primer barril que produjo curiosidad en el indio; así que le lancé el segundo deshaciéndome de él y entrando en el almacén.

Dentro, me fijé atentamente en el tablón de anuncios usándolo; y tras abrir los cajones del escritorio, adquirí una pequeña llave de latón. Me acerqué a los cajones donde tenía un presentimiento, y donde estaba el enano que había visto antes, el tal Titipoco. Tras hablar con él, le desencadené y, en vez de agradecérmelo, salió echando patas. Pulsé el botón del ascensor que, supuestamente, me llevaría al piso superior. Arriba, decidí colocar uno de los cajones para que taponara la célula ascensor y, así, para que no bajara. La oscuridad me asustaba (y aún sigue haciéndolo) así que encendí un interruptor cercano, dejando al descubierto unas extrañas huellas en el suelo. Algo habían arrastrado hasta... una puerta secreta. Tras abrirla, allí estaba Nico atada y amordazada justo para hacerla un... bueno, recogí el fetiche oscuro del suelo y, tras hablar con ella, la liberé. Por fin me enteré algo más de lo ocurrido, y puse la cinta adhesiva que tenía Nico en la célula del ascensor, para poder colocar el anterior cajón en su lugar. Esto me obligó a mover otras cajas para colocar la cuerda a una estatua, levantándola antes con ayuda de una especie de gato, y así atarla al gancho. Intenté moverla, pero como quería que Nico fuera útil, me hice el blando y le pedí ayuda. Tras salir, puse los grilletes sobre el cable para salir de un modo espectacularmente... penoso, como siempre me ocurre.

Quaramonte

Al llegar al lugar del eclipse, un pueblo llamado Quaramonte, situado en Sudamérica; hablé con los únicos seres que tenían algo de información para mí. Eran dos músicos los cuales habían perdido un amigo, encerrado por un fascista de mierda que ostentaba el cargo de jefe militar. Y mira que casualidades del destino que me encontré con Pearl, la esposa de Duane (que también estaba por allí), un agente de la CIA que había llegado con un camión lleno de explosivos. Hablé con los dos, con un hombre cercano al camión y, finalmente, con mi amiga Nico vestida a modo militar.

Los dos, ascendimos a la Sede de la Compañía Minera del lugar, donde hablamos con la jefa (feminista), llamada Concha. También hablamos con un hombre a la izquierda, que era un simple exhibicionista. Pensé que porque Nico haría eso... luego, visitamos la comisaría conociendo al maldito fascista, un general que, además, estaba confabulado con Oubier en una excavación secreta; y hablé con Renaldo, su secretario. Tras intercambiar opiniones con Nico, salí rápido a coger a Oubier con quien conversé un tiempo. Hablé, además, con miguel, que estaba encarcelado por... bueno, por ser quien era; y también con pearl y Duane de nuevo. Era hora ya de ponerse en acción. Volví a la Sede de la Compañía Minera a hablar con Concha sobre Oubier, y luego a la comisaría para hablar con el general sobre el mapa. Al no obtener respuestas, decidí ayudar a liberar a Miguel con Duane. Salí y hablé con Duane sobre Condor y Miguel. Todo iría perfecto, pero necesitaba un detonador, y Concha no me cedía el suyo. Volví a hablar con ella para obtener más información sobre el mapa.

Mis nervios se calmaron ante tal mareo, y me puse manos a la obra. Hablé con Nico sobre el mapa y, aunque me costó, la convencí para que entretuviese al capitán lo suficiente para que yo pudiera seguir con mi plan. Pero había otro problema, Renaldo. Tuve que convencer a Pearl para que me lo quitara de encima. Ya solo, vi el mapa con un lugar marcado y entré en los calabozos para hablar con Miguel. Con su información, regresé a donde Concha para obtener de la bruja su detonador, el cual di a Duane. Ya por fin, fui a avisar a Miguel de lo que le iba a caer encima, y Renaldo me capturó mientras me comía yo el marrón solo.

La gran fuga

Según las notas de Nico, ella miró la foto, la televisión, la lámpara de lava y la piel de tigre; quedando absorta en el mundo hortera del dichoso general. Finalmente, habló con el general sobre ello y tuvo que usar el pez espada pues se acercaba el pulpo. Yo, mientras, me lo curraba en pensar como salir sin ser hecho pedazos por los explosivos. Así pues, Duane acudió a rescatarnos pero sus explosivos eran de palo, y eso es insultar a la madera. La única solución era la cuerda de Miguel y como no alcanzaba, se la pedí. Ya conmigo, la puse en la ventana y se la di a Duane para que la pusiera en el camión y dejarnos libres. Nico y yo huimos a la selva pues el general no estaba muy contento, aunque logramos salvar a Miguel de una muerte segura. Pero no todo fue bueno, pues a Nico le había ocurrido algo terrible y yo, como siempre, debía socorrerla...

Selva y nada más que selva

Llegué a una cabaña donde un ser tocaba el órgano, pero no valieron de nada mis gritos. Para llamar su atención, coloqué en unas hojas húmedas el periódico para secarlas; y después el fetiche en el molino para hacer arder dichas ramas, y crear un humo que hicieron salir al hombre de la cabaña. Era un misionera francés, el padre Hubert, que había encontrado a Nico mal, mordida por una serpiente venenosa (¿habrá algunas que no lo son?). el padre Hubert me comentó la existencia de una raíz que era el antídoto que necesitaba Nico, pero la tiene una tribu cercana. Aunque lo intenté, no pude conseguir convencer al padre Hubert que me acompañara a verlos, pues su alzacuellos está arrugado. Yo, con un cabreo porque el tonto del padre Hubert dejaba morir a una buena chica (¡porque está muy buena!) por su alzacuellos arrugado, me dispuse a acabar con la tontería. Coloqué una enredadera en la prensa, el alzacuellos también y luego usé una cruz en la misma; y me salió un buen planchado. Recogí el alzacuellos y se lo entregué al padre Hubert.

Me llevó allí el endemoniado padre, y hablé sobre Nico, el chamán de la aldea y el padre Hubert, pero necesitaba un tributo. Como me había bebido todo el vino de Valdepeñas que tenía, decidí probar con las galletas. Vaya, el chaman quería más. Así, pues le metí la piedra con extraños símbolos en la caja de galletas y se la di a los guardias. Ellos me dejaron concertar una cita con el chamán. Su conversación fue muy interesante. Al parecer, un dios maya malvado, Tezcatlipoca, puede preparar el Apocalipsis de la Tierra si lo liberan, el próximo eclipse solar, de su encierro. Aunque esto se podría detener si se colocan tres piedras mayas en el interior de la pirámide. Yo, para variar, debía salvar al mundo. Bueno, eso me lo hago yo en un ratito libre. Volví a la cabaña donde estaba Nico, y le intenté meter la raíz por la nariz. Al rato, me di cuenta de que no podía caber entera (¡pero sí la mitad! ¿Y yo no estoy loco, eh?), bajé abajo corriendo y coloqué la tapa de la chimenea debajo de la prensa, y la raíz en la prensa; y con la cruz hice mi potaje de raíz. Con la ayuda de la raíz, Nico se recuperó instantáneamente.

En busca de las piedras

Llegué rápido y veloz a la Isla Ketch, mi siguiente objetivo. En la playa había un hombre con muy mala pinta y antipático, llamado Bronson, que hacía los planos para mejorar la casa del risco. Aunque, en un instinto básico ya desarrollado, intenté quitarle los planos no pude. Sin embargo, si pude mirar por un aparato de medición, un teodolito, y ver un reflectante colocado en un mástil. En los muelles, se encontraba un chico de mala reputación, pero que en realidad era muy buena persona; se llamaba River. Después, subí los escalones que conducían a la casa del risco, que era el museo Ketch, un famoso pirata que, según el chaman, cogió una de las piedras, donde dos de sus parientes charlaban. Hablé con ellas con buen rato. Intenté después abrir la puerta, pero no me dejaron porque Bronson estaba mejorando la casa.

Volví al muelle a conseguir más información de River, y luego donde a la casa del risco para hablar con las dos mujeres sobre Emily, una chiquilla molesta, y sobre el gato. Engañé ambas que fueron a la captura de emily y River, amigos pero muy malas compañías juntos, así que las dos mujeres salieron a por ellos. Volví donde River para ayudarle a escapar, pero las mujeres no estaban allí. River y yo mantuvimos una amistosa charla sobre los peces, y le suministré el gusano muerto (sencillamente asqueroso llevarlo todo este tiempo) para que me pescara algo. Volví al cabo de un rato y River me pescó... una parte de una bicicleta oxidada. Bueno, a pesar de esto, le quité la cámara. Le pedí otro pez a River y me fui, volviendo al cabo de un rato y obteniendo, ahora sí, un bello pez.

Volví al museo Ketch, y me fijé en la pelotita roja del gato. Tras unos intentos fallidos, pensé que habría que ir por otros caminos. Coloqué y subí por la escalera que había, coloqué la cámara en el mástil y el pescado en la cámara; distrayendo así la atención del gato para quitarle, con mi velocidad caracterizada, la pelota roja al gato. Y después recogí la cámara. Me fijé, además, en un árbol apropiado para usar mis habilidades de lanzador, así que le puse la cámara y probé puntería. Primero con el carbón, que fallé, y luego con la pelota roja dando al reflectante. Bronson subió al cabo de un rato algo cabreado, y subió por la escalera. El cuerpo me pedía hacerle una de las mías, así que cuando ascendió y se quedó mirando eso le quité la escalera, quedando más colgado que yo en Navidad. Recogí el marcador del suelo, y, en la playa, los planos y el teodolito. Subí de nuevo a la casa del risco donde ya estaban las dos hermanas, a las que mostré los planos de Bronson, que las estafaba, y perdieron su confianza ganándomela yo.

Un museo de Londres

Nico llegó al museo donde estaba la otra piedra, y la pudo observar en una vitrina. También se fijó en las otra, viendo una daga extraña. Se fijó en su bolso en busca de objetos útiles como... un simple pasador de pelo. Tras hablar con el encargado, consiguió algo de información sobre El draco (Francis Drake). Al entablar una conversación sobre la piedra maya, el encargado le presenta al canalla de Oubier; algo se tramaba allí. Nico habló con el doctor sobre la piedra, y luego el encargado con él. Más tarde, el doctor marcha hacia los muelles. De nuevo, Nico habló sobre la piedra que, sin saber ni cómo ni cuándo, había sido robada. Nico, como yo cuando me lo contó, sospechamos inmediatamente de Oubier; pero el encargado retenía a todo el mundo hasta próximas averiguaciones. Tras examinar la vitrina de la derecha, Nico vislumbró una llave que inmediatamente cogió. Después, habló con el encargado sobre Oubier y su posible culpabilidad. Cuando el encargado telefoneó a la policía, Nico tuvo el tiempo justo de abrir la vitrina que contenía la daga, cogerla y, con ella, escapar por una puerta detrás de una cortina.

La isla de los zombies

Yo, mientras tanto, me colé dentro del Museo Ketch. Examiné el cuaderno de bitácora del capitán, y lo usé a mi modo. Luego, me pareció sospechoso un curioso cofre y lo abrí esperando encontrar un tesoro; salvo que lo único que encontré fue a Emily, una repulsiva chiquilla amiga de River, que acababa con la poca moral que tenía. A pesar de todo esto, hablé con ella lo que pude, y luego recogí la pluma del escritorio, examinando el escritorio con detenimiento, el agujero donde estaba la pluma y el tintero. Algo faltaba. mirando al retrato de Ketch, me fijé en su cruz. Claro, eso era lo que faltaba; pero, ¿dónde estaba la cruz? Temblando, miré lentamente el cuello de Emily; maldita sea, ella tenía la cruz. Tras hablar con ella, no quería desprenderse de la cruz sin obtener a cambio algún regalo. ¿Quién era la que conocía a Emily al dedillo? Pues River, a quien me dirigí para comentárselo; pero él sólo necesitaba una mosca. ¡Qué caos de niños!

Lo primero que hice fue molestar al gato con la pluma, haciéndola pedazos en menos de tres segundos; luego, recogí alguno de los pedacitos que me había dejado el dichoso gato, consiguiendo una mosca para River. Él, a cambio, me entregó el regalo para Emily: una hermosa caracola. Se la di a la niña, la cual me entregó la cruz. Puse la cruz en el agujero de la pluma y resultó que daba la clave del tesoro de Ketch gracias también a un farol puesto donde el tintero, que según el mapa estaba en una isla cercana. Hablé con River, que me comunicó que era la Isla de los Zombies, y le hablé también de ir a aquella misteriosa isla. Me llevó, pero sin dar un paso más. Tras intentar escalar el precipicio sin muchos logros, examiné la barca encontrando una red que pedí a River. Con ella, pude alcanzar un saliente y subir el precipicio.

El viejo metro londinense

Nico llegó a un curioso viejo metro de Londres. Tras examinar el semáforo, ella examinó la máquina expendedora con detenimiento. Con ayuda del pasador, lo metió en la ranura obteniendo una moneda antigua; que usó en una bascula para obtener una tarjeta. En el armario, creó una grieta con la daga que había robado, donde luego introdujo la tarjeta. Al abrirlo, Nico pulsó el botón, cambiando el semáforo que detuvo inmediatamente el metro; y Nico se coló sin pagar billete.

¿Quien necesita un mapa?

Lo primero que hice nada más subir fue ir a unos pantanos al norte. Allí, cogí un junco. Un poco más en el interior, encontré una guarida, perteneciente a un ser increíblemente... peligroso, al cual cedí el junco; remodelándolo. En el este, encontré a un jabalí con muy mala leche, al cual quité de en medio con ayuda de mi nuevo cerbatana, formada por el junco y el dardo. más al este, encontré una gran columna de piedra. Arranqué las enredaderas, coloqué la red, el marcador y lo subí arriba del todo. Pero perdí más o menos el rumbo, y sólo la suerte guió mi camino. en la guarida, tomé el camino de la izquierda, había un camino por el centro en el lado derecho, que seguí. Así encontré un promontorio, en cuya cima estaban grabadas las iniciales de Ketch. Coloqué el teodolito en los agujeros escarbados en roca, por donde miré. Yendo a la derecha poco a poco, visualicé por fin el marcador. Miré el marcador, y luego el pilar que quedaba encima. Ahí estaba el tesoro, así que me fui por el camino de la derecha con el fin de llegar hasta allí.

Xilbaba

Nico, con su agilidad, se ocultó tras un gran cajón. Después, cuando el guardia salió de su ángulo de visión, subió al barco y trepó por las escaleras. Esperó de nuevo que volviera a pasar, bajó para abrir la puerta del armario y volvió a esconderse en el techo subiendo por las escaleras. El guardia regresó, y se metió en el interior del armario intentado razonar lo sucedido. Nico, rápidamente, cerró la puerta y colocó la fregona para atrancarla. Luego, ella miró por la portilla del barco y para fijarse en lo sucedido. Descubrió que Karzac, un militar fascista con ideas de volverse inmortal, había matado a la esposa de Oubier y luego le había utilizado; y por último, le pegó un tiro a éste. Nico se metió dentro e intentó hablar con Oubier. Pero este ya estaba muerto, así que cogió la piedra; pero entró Karzac estrangulándola con un alambre, y Nico le clavó la daga en la pierna para poder escapar.

La Meca del cine en la jungla

Cuando llegué al punto, va y resulta que están haciendo una película. ¡Problemas, y nada más que problemas! Estaba harto, e iba a destrozar esa película como fuera. Hablé con Hawks, el joven director de la película; con Flash, el antipático cámara (¡torpedo!); y Bert, el especialista. Me amarré algo de comida, pues estaba en mi derecho por ser... por ser... el puto amo, y punto. luego, examiné y golpeé dos veces un arbusto cercano, el cual contiene un cacho avispero impresionante. Después, hablé con el famoso actor y la... actriz. aunque se interrumpió nuestra conversación pues iban a rodar.

Comenté de nuevo con Hawks el rodar la escena, pues éste necesitaba un especialista y Bert no estaba por la labor. Le entregué una tortita con sirope y otra tortita más a Bert, con lo que quedó bastante mal. después, malvado yo por pertenecer a una siniestra organización mafiosa en mis tiempos libres... ¡qué no hombre, que es una broma!; bueno, yo le puse los bollos en el arbusto para que salieran las avispas a por Bert. Tras esto, nos movimos hacia la playa. Hablé con Hawks, examiné la cámara portátil y hablé con Flash; para después discutir con Hawks el rodaje de la escena de la cueva, donde yo elegiría el pilar usando la cámara portátil. tras subir, me hice con la tercera piedra maya.

Poblado arrasado

Nico encontró mis gafas de sol tiradas en el suelo, así como algo de mi ropa interior. También vio a Titipoco, que la apuntaba con un curioso artilugio. Tras hablar con él y convencerle, en una cabaña encontró una piedra maya y, como estaba muy caliente, intentó verter el agua de un barril cercano en ella. Como no podía sola (que poca fuerza, por favor), le pidió ayuda a Titipoco. Luego, se hizo con la piedra.

La Pirámide Maya

Bueno, por fin llegamos a la tan afamada y temida pirámide. Nico habló con Titipoco y los guardianes en un extremo izquierdo (¡a quién se le ocurre!), Nico usó la daga en la tubería de un generador, creando un chorro de carburante. En el generador, cogió un cilindro suelto que usó en la tubería, y luego en el tapón de un motor. Después, cogió una cuerda y se la entregó al indio Titipoco para que trepase por un andamio, y que conectase los extremos de la cuerda al mencionado motor. Ella apretó el botón y accionó la palanca dos veces, Nico contó su plan a nuestro ya amigo Titipoco, y más tarde usó el ascensor y llamó a Titipoco. Cuando llegó arriba, recogió la cartuchera y volvió a descender. Recogió la antorcha y se la dio a Titipoco para encenderla y la dejó caer en un charco de carburante y luego soltó la cartuchera para crear un caos alucinante.

El indio de Londres y Marsella, llamado Pablo, bajó las escaleras dejándome solo con Karzac. Nico ascendió por el ascensor, habló con Karzac y luego conmigo desatándome. Nos metimos los tres, Nico, Titipoco y yo, en el interior de la pirámide. Vimos un dibujo dentro, y Nico intentó accionar dos palancas sin que pareciese que hubiera hecho nada. Pidió mi ayuda y una trampilla se abrió. El eclipse de sol, para colmo, había comenzado. Nico se fijo en que las losas del centro de la sala, tenían dos dibujos de la maquinaria, y que las otras cuatro losas tenían dos dibujos juntos, de dos losas del centro. Nico comprendió que sólo podían estar dos losas del centro empujadas a la vez, y que tenían que ser igual los dibujos a las otras cuatro. Cuando estas cuatro losas estuvieron marcadas y formaban una, se abrió una puerta secreta por donde Nico se internó.

Yo recogí la antorcha y se la di a Titipoco, a quien contaba mi vida, para después tirar de la palanca en un dibujo a nuestro lado. Después, tras otra caída, recogí la antorcha y la usé en otra antorcha de la pared. Tiré de la palanca y me metí en una nueva cámara en al oeste. Tiré de una palanca a la derecha, luego a la izquierda y luego de nuevo a la derecha, y avancé por una puerta al norte. Tiré (otra vez sí, qué pacha) de otra palanca situada muy abajo, y me metí por la puerta más al sur. Volví, con mi asombro, a la habitación del principio pero con una puerta secreta abierta (¡soy un cacho monstruo!). Tras salir por la puerta, miré el friso, situado al fondo, y accioné una palanca en el grabado de la derecha; descendí hacia una muerte segura, pero tenía confianza en mi mismo y entré. Dentro estaba Karzac vestido de sacerdote, invocando ante un espejo, de donde salió el Cazador Nocturno. Yo en una columna, Nico en otra y Titipoco en otra, intentamos colocar las piedras rápidamente. Lo conseguimos, no sin ver la herocidad de Raúl, el general, la muerte de su madre y la muerte, horrenda, de Karzac a manos del monstruo. Sin embargo, conseguimos volver a encerrarle y, ¡vaya, se me acaba la tinta...!

 

 

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